Redacción, 11-06-2026.- El aumento sostenido de las temperaturas y la mayor frecuencia de episodios de calor extremo obligan a replantear el entorno escolar desde una perspectiva de salud infantil. Para el Comité de Salud Medioambiental (CSM) de la Asociación Española de Pediatría (AEP), los centros educativos deben adaptarse al cambio climático y convertirse en espacios seguros, saludables y resilientes frente a un riesgo ambiental creciente.
“El calor en las aulas y patios escolares no es solo una cuestión de confort, sino un problema de salud pública infantil, ya no puede tratarse como una simple incomodidad ni como un problema menor de final de curso. Cuando un aula supera los 26-27 °C, la evidencia nos dice que empieza a deteriorarse el bienestar, la concentración y el aprendizaje; y cuando se alcanzan temperaturas superiores, entramos en un escenario de riesgo sanitario prevenible. La infancia no puede seguir siendo el termómetro pasivo del cambio climático”, advierte el doctor Juan Antonio Ortega, coordinador del CSM-AEP.
Niños y adolescentes son especialmente vulnerables a las altas temperaturas. Su sistema de termorregulación todavía está en desarrollo, presentan una mayor superficie corporal relativa y una respuesta fisiológica menos eficiente frente al calor, lo que favorece la deshidratación, la fatiga, el agotamiento térmico o el golpe de calor. Además, dependen en gran medida de los adultos para hidratarse, reconocer el riesgo y protegerse adecuadamente.
Cómo afecta el calor al aprendizaje y la salud
La evidencia científica muestra que las altas temperaturas empeoran la atención, la memoria y la capacidad de concentración, además de incrementar la somnolencia, la irritabilidad y el cansancio. A partir de los 26-27 °C, el confort térmico comienza a deteriorarse y ya se observan efectos negativos sobre el rendimiento, como la disminución de la concentración, los errores en tareas cognitivas, la fatiga y la somnolencia. Por encima de los 30 °C, el ambiente deja de ser adecuado para el aprendizaje, y superar los 32-33 °C supone un riesgo para la salud de la población vulnerable, como son los niños y adolescentes.
Por ello, la AEP recoge que la Organización Mundial de la Salud y el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo sitúan el rango óptimo para actividades sedentarias, como el estudio, entre los 20 °C y los 24 °C, lo que evidencia que muchas aulas superan con frecuencia los umbrales recomendados.








