Los incendios en Uña de Quintana (Zamora) y Chandrexa de Queixa (Ourense) se sitúan ya entre los mayores del siglo. Más allá de los daños visibles —montes arrasados, hogares destruidos, desalojos y transportes interrumpidos—, queda el duelo silencioso de quienes han perdido su entorno, su proyecto vital o incluso a seres queridos.
“El duelo es inevitable y adaptativo. Pretender que nada ha pasado o intentar seguir con la vida como si no hubiera ocurrido puede cronificar el dolor”, explican las psicólogas del hospital Ribera Polusa (Lugo), que estos días están atendiendo a afectados directa e indirectamente por las llamas.
El duelo tras una catástrofe: entre lo colectivo y lo individual
El duelo, recuerdan las especialistas, “es el proceso psicológico que surge ante una pérdida significativa. Tras una catástrofe natural como un incendio forestal, este proceso se complica: se acumulan pérdidas emocionales, materiales y sociales, y el impacto emocional es tan intenso como inesperado”.
Según explican, en estos casos, el duelo se vive en dos planos: el colectivo, compartido con la comunidad afectada, que ayuda a sentirse acompañado en el dolor; y el individual, con reacciones tan diversas como impredecibles, que dependen de experiencias previas, de la red de apoyo y de los recursos psicológicos de cada persona.
“El shock inicial, la rabia, la impotencia, la tristeza o la ansiedad son reacciones normales y saludables al principio”, puntualizan las psicólogas de Ribera Polusa. “El problema surge cuando estas emociones no se diluyen con el tiempo, afectan al día a día y derivan en trastornos como depresión, ansiedad o estrés postraumático”.
Cómo ayudar a sanar el dolor emocional
Las psicólogas insisten en la importancia de permitirse sentir y de contar con apoyo social.
“Escuchar sin juzgar, acompañar y verbalizar el apoyo incondicional es clave”, apuntan.
También recomiendan dedicar tiempo a expresar el dolor y hablar de lo ocurrido; combinar momentos de duelo con actividades reparadoras, como labores de reconstrucción o contacto con la naturaleza; evitar frases dañinas como “podría haber sido peor” o “sé cómo te sientes”; y buscar ayuda profesional cuando el dolor se vuelve insostenible o paralizante.








