Redacción, 06-03-2026.- Los estudios realizados en población general sitúan en torno al 10% el porcentaje de población alérgica a los antibióticos más usados, las penicilinas. Sin embargo, según Cristina Casado, coordinadora del Comité de Pacientes y Ciudadanía de la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria (SEFAP), estos estudios, por regla general, analizan registros de las historias clínicas, es decir, de pacientes que aparecen etiquetados como alérgicos en las mismas, pero que, en la mayoría de los casos, no se han sometido a pruebas específicas para saber si realmente lo son, según recoge APROAFA.
«Cuando estos casos se estudian adecuadamente en los servicios de Alergología mediante pruebas específicas, se comprueba que entre el 90% y el 95% de estas etiquetas no corresponden a una alergia real, por lo que la alergia confirmada a penicilinas se situaría en torno al 1% o incluso menos de la población», sostiene la experta.
El hecho de que «tantas personas» estén etiquetadas como alérgicas a penicilinas sin serlo realmente, según la farmacéutica, tiene consecuencias «muy importantes» tanto para los pacientes como para la salud pública.
«Para el paciente, supone no poder utilizar las penicilinas, que son antibióticos de primera elección para el tratamiento de muchas infecciones por ser de los más eficaces y seguros».
En su lugar, se recurre a antibióticos alternativos que pueden ser menos eficaces y seguros, lo que, entre otros aspectos, puede traducirse en que la infección tarde más en curarse y aumente el riesgo de efectos adversos. A eso, añade, se une el hecho de que durante muchos años se asumió que una alergia a las penicilinas implicaba automáticamente alergia al resto de los antibióticos de la familia de los betalactámicos, incluidas las cefalosporinas: «Sabemos que esto no es así en la mayoría de los casos.








