Redacción, 18-04-2026.- El párkinson es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta principalmente al sistema motor, aunque sus primeras manifestaciones pueden ir más allá del movimiento. En este contexto, la detección precoz resulta determinante para iniciar un seguimiento clínico adecuado, ajustar el tratamiento desde fases iniciales y anticiparse a la evolución de la enfermedad. En muchos casos, los primeros signos pasan desapercibidos o se atribuyen al envejecimiento, lo que retrasa el diagnóstico, según Sanitas.
Según la Sociedad Española de Neurología, en España ya viven más de 200.000 personas con esta enfermedad. Cada año se diagnostican alrededor de 10.000 nuevos casos, lo que le sitúa como el noveno país del mundo con mayor número de personas con párkinson por habitante.
“El párkinson no comienza necesariamente con el temblor, que es el síntoma más conocido. En fases iniciales suelen aparecer signos menos evidentes, como una pérdida del olfato, alteraciones del sueño o cambios en la expresión facial, que a menudo no se relacionan con un problema neurológico”, explica Esteban Peña, director de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Universitario La Moraleja.
Sin embargo, antes de que estos signos sean evidentes, pueden aparecer manifestaciones no motoras que actúan como señales de alerta. Una de ellas es la pérdida progresiva del olfato. En este sentido, una disminución mantenida en la capacidad para identificar olores cotidianos, como alimentos o perfumes, es posible que aparezca años antes de los síntomas motores. Las alteraciones del sueño también deberían hacer sonar las alarmas. A este respecto, movimientos bruscos, hablar o gesticular durante el sueño, especialmente en la fase REM, pueden ser una señal temprana relacionada con cambios neurológicos.
Otro de las señales de alerta es el cambio en la escritura: la letra se vuelve más pequeña, apretada o menos legible con el paso del tiempo, lo que refleja una pérdida de precisión en el control motor fino. La disminución del movimiento al caminar también supone un problema. En este contexto, es frecuente que uno de los brazos deje de balancearse de forma natural o que la marcha se vuelva más lenta sin causa aparente. Relacionado con esto está la rigidez o sensación de tensión muscular, que puede aparecer en una extremidad de forma unilateral y persistente, lo que dificulta movimientos cotidianos como levantarse o girarse.








